No me son ajenos
estos números y su lógica.
Me dedique por años a
su análisis y a sus propósitos.
No me arrepiento.
Como consecuencia de esos días
en que hacía converger variables,
aprendí que al final todo es lo mismo:
integrales como un parasol gigante
que abrazan al mundo con sus definiciones.
Yo sé que son solo
un puñado de reglas alfanuméricas
y que no tienen la calidez tácita
de un abrazo.
Pero me refiero, por ejemplo,
a esa abarcadora lógica ecuacional
que puede traducir al mundo en
un cero, un uno, un cero, un uno…
infinitesimalmente o hasta el infinito.
A la geometría sagrada,
que como una mandorla de proporciones bíblicas
se posa sobre el mundo
à la Van-Allen Belt
y luego: la aurora boreal.
O sea, claramente entiendo por qué
mi tío José hizo de los números
su religión:
sangaku y pica y fama y picksix.
Pero en el mundo,
no hay quien viva de ilusiones matemáticas
ni de música, ni de arte, ni de amor
Lo que nos queda es
la libertad entre paréntesis
del autómata binario
que busca solo
el cero
que esta sentado a la derecha
del cheque.
(No estoy juzgando)
Mas me consuela saber
que un cero a la izquierda
también puede significar
algo.