Caminando sobre la hamada
con sus patas artiodáctilas
dejan huellas sobre la arena
los dromedarios.
Yo me encuentro en una tolda
en medio del Sahara
y tu a ocho mil seiscientos sesenta y ocho
kilómetros de mi mampara.
Estoy en una fiesta,
un festejo berraco,
un ritual dionisiaco
del siglo veinte.
Es un banquete de gente Berber
que por algo que los distinga,
no se dan de corazón,
sino de hígado.
Luego comen, cantan y bailan
hasta el amanecer.
Brincoteando sobre el suelo
un niño-fauno
toca la siringa y
yo bailo como Salomé
la danza de los siete velos.
Uno a uno van cayendo
los cuadros de tisú al piso
y en mi sueño me da vergüenza,
invento una calor intensa
y luego sueño que sueño:
con hielo,
con las derretidas aguas de los polos
inundando mi desierto alucinado,
contigo por todos lados
y luego denuevo, con camellos.
En tu ausencia un silencio
se eterniza entre las dunas,
y por más que lo intente
no puedo ni moverme
ni pronunciar tu nombre
“Es un sueño” -me dije
Y desperté con las palabras
de T.E. Lawrence de Arabia:
“Existen dos clases de hombres…”